Pedro Mendoza | domingo, 08 febrero 2026.
Pese a que ya hemos atravesado el primer cuarto del siglo 21, todavía no menos de un millón de hombres adultos dominicanos creen que el concepto, la internalización y certeza de la paternidad es exactamente el mismo que tuvo el hombre de la Antigüedad romana o griega.
En la Grecia de Sócrates, Platón o Solón, así como en la Roma de Séneca y Cicerón, cuando una mujer daba a luz un niño, el padre se acercaba, lo miraba de reojo un ratito y si le observaba algún defecto congénito, como que fuera patizambo, feo, cabezón o bizco, pues daba la media vuelta y no asumía al bebé como hijo suyo, ‘sangre de su sangre’. Así que al niño lo llevaban a la orilla de algún camino o la de un río o lo regalaban, y si se ‘criaba’ y llegaba a los siete u ocho años de edad, lo vendían como esclavo, aunque a veces simplemente lo eliminaban.
Entre los romanos, la práctica fue que la mujer daba a luz su hijo, el padre lo colocaba bocarriba sobre el suelo y lo miraba tal vez dos minutos. Si luego levantaba del suelo al bebé, ello era señal de que lo reconocía como su hijo, y ocho días después (si era varón; y nueve si era hembra) lo presentaba en el templo de Saturno y se hacia la ceremonia de ponerle nombre.
En la Antigüedad, no fue costumbre ligar a un recién nacido con la madre, los abuelos o tías. Solo se validaba la conexión familiar de un niño con el papá de engendro. Lo esencial en cuanto a lo moral, legal y religioso entre griegos y romanos era el reconocimiento de la paternidad por parte del padre.
Para los antiguos era muy fácil negar la paternidad de un hijo puesto que, a diferencia de hoy día, nadie sabía por qué un niño nace con rasgos físicos parecidos a sus progenitores, incluso parecidos a los abuelos y tatarabuelos. Pues entre el descubrimiento del genetista Gregorio Mendel (en 1865) de los primeros indicios de que un hombre heredaba al hijo varios de sus rasgos físicos y mentales, rasgos que corresponden, exclusivamente, al hombre que lo engendró, y la época en que vivieron Sócrates o Platón y Cicerón, pasaron 23 siglos.
Hoy, a cualquier hombre, dominicano o estadounidense, le es prácticamente imposible desconocer su paternidad real sobre un niño ya que en Estados Unidos la prueba PCR-ADN se hace desde el 1986 y aquí en la RD los laboratorios hacen esa misma prueba desde el 2010. Así que ningún hombre específico que se llame, por ejemplo, Juan Martínez, podría despojar de la filiación paterna a un niño específico, no importa que la madre y el mismo Juan nieguen que éste es el progenitor.
Por lo tanto, el ‘pataleo’ de muchos en su intento de evadir o negar “legalmente” la paternidad de un hijo, recurriendo a menudo hasta a la bajeza de difamación de la madre, no es más que una forma ingenua de ver una realidad “real”, pues los genes no mienten; tampoco se dejan engañar por simples deseos ni fabulaciones.
Los genes no mienten aunque en ocasiones excepcionales, podrían sufrir una mutación, es decir, sufrir una alteración en la secuencia del material bioquímico del gen que se halle localizado en cualquiera de los 46 cromosomas que contienen nuestras células, modificando así la información genética que se hereda.
Por ejemplo, el gen que sufre mutación para que aparezca en una persona o en una familia la herencia de tener un colesterol siempre elevado, se localiza en el cromosoma 19. Dicha mutación ocurrió hace alrededor de 4,500 años. Hace cerca de 10,000 años, hubo otro gen, localizado en el cromosoma 15, que sufrió otra mutación y dio la casualidad que ese gen regula la producción de melanina que es la proteína responsable del color de la piel, el cabello y los ojos. Esa mutación dio lugar a la aparición de personas con los ojos azules. Si no hubiese ocurrido tal mutación, no habría una sola persona con ojos azules.
Imagine usted que una mujer le diga a Juan Martínez que es el padre de su hijo y que Juan alegue ante un Tribunal que él no puede ser el padre porque el niño tiene ojos azules, pero él ni sus progenitores jamás tuvieron ojos azules. Solo por ignorancia, Juan es capaz de contratar primero a un abogado en vez de decirle a la madre del niño que ella y este se reúnan en tal laboratorio médico para realizarse allí una prueba de exclusión de paternidad mediante un análisis PCR-ADN.
Pero resulta que Juan ignora que su tatarabuelo tenía ojos azules, y como en las poblaciones humanas las recombinaciones genéticas son comunes, existe la lejana probabilidad, no la imposibilidad, de que ese tatarabuelo del que nunca oyó hablar, procreara un hijo con su tatarabuela y esos tatarabuelos portaban el gen de ojos azules y al combinarse pasaron al bisabuelo de Juan dicho gen y por eso ahora hay un “chozno” (alguien nacido después de siete generaciones) hijo del ingenuo Juan que tiene ojos azules pese a ser de piel morena y tener pelo duro, corto y ríspido. He ahí la razón de solicitar una prueba PCR-ADN de descarte de una paternidad específica.
Es lamentable que en nuestro país miles de padres recurran negar la paternidad de un niño, sin darse cuenta que si la prueba confirma que es el padre biológico, su hijo podría cargar con el vergonzoso “trauma de filiación” provocado por su padre verdadero.
Ese padre negador de una paternidad cae en lo que el afamado psiquiatra escocés Ronald David Laing (1927-1989) llamara “contexto de desinformación” [estrategia ideada para evadir una paternidad biológica] el cual consiste en usar el siguiente trabalenguas: «Si no sé lo que se dice que sé y se insiste en que lo sé, pues insisto en que no sé aunque crea que sí lo sé».https://lainformacion.com.do/opinion/articulos/la-paternidad-es-una-realidad-real
DR. PEDRO MENDOZA
Exprofesor de Genética Médica de la PUCMM- Santiago